2/28/2010

El terremoto lo viví sentada

Salí justo a las 22 horas del departamento, medio enojada, medio asustada porque J. siempre me va a dejar al terminal de buses; sin embargo llegué más temprano que nunca a esperar el bus. Por primera vez me acordé sola de llevar líquido para el viaje y cargador de celular a pesar que venía a Temuco por 3 días no más. Pronto en el bus me dormí, lo cual no es común tampoco y llegando a Rancagua desperté y llamé a J. para saber de él porque ya se me había pasado el enojo. Me volví a dormir y habría sido un viaje Santiago-Temuco perfecto si no me hubiese despertado a las 3:34 am por el vaivén del bus que aumentaba y aumentaba llegando a pasar los 10 minutos de movimiento, incluso un hombre desde su asiento grito: para la máquina weón y todos respondimos: pero si estamos parados, también alguien intentó pararse y el movimiento lo derribó, hasta que al fin se estabilizo y no volteó. Luego seguimos detenidos por otros 10 minutos, entonces el auxiliar del bus nos dijo que los 10 minutos extra era porque estaban justo en el cambio de chofer. El chofer que nos tomó en ese momento se llama J. Castillo y se vino muy lento como quien camina a oscuras, a tientas. Viajamos a 3, 7, 30 y 70 kilómetros por hora como máximo y al contrario del tópico de un viaje por la panamericana sur, todos los camiones nos pasaban. Cada vez que bajábamos mucho la velocidad o parábamos el auxiliar nos decía que era un taco posiblemente por un puente en mal estado y todos a pensar de manera optimista. En la última hora de trayecto pude comprender (creerlo) que el movimiento en realidad había sido un terremoto y no sólo un temblor, porque la luz empezó a mostrarme postes de electricidad en el suelo, losas de la carretera partidas en dos, una pasarela botada en diagonal y puentes agrietados.
Cuatro 4 horas después del terremoto entramos a Los Ángeles donde estuvimos de las 7:36 hasta pasadas las 14:00 horas.
La verdad es que lo único que nos dijo la tripulación del bus fue que mientras Carabineros no dijera que se podía seguir, ellos no seguían. Y todos ahí medio resignados, medio angustiados. el chofer que nos llevó esta segunda parte del camino permanecía sentado frente a los controles del bus oyendo noticias por lo que me apegué al audio. Afuera los pasajeros buscaban un baño y provisiones y el otro chofer y el auxiliar junto a otros pasajeros hablaban distendidamente. Las noticias eran cada vez más desagradables y la impotencia me hizo bajar del bus. A media mañana y después de haber sabido de prácticamente toda mi familia, se me apagó el celular, entonces empecé a buscar donde cargarlo y descubrí que estaba en una ciudad sin luz ni agua (aún no sabía que era el tópico en más de una región), entonces empecé a sentir algo de intranquilidad ante la incertidumbre de pasar en esa ciudad una noche o más, sin ir al baño, sin “na’ ni na’”. Intenté conseguir el fono o la dirección de un primo que vive en Los Ángeles pero fue infructuoso, incluso participé de una cola de cómo una hora para cargar mi celular durante 10 minutos en un motor a bencina que dispuso la seguridad del terminal de buses que a pesar de estar colapsado de buses y pasajeros estaba cerrado por completo porque no tenía ni luz ni agua y por lo tanto no tenía nada que ofrecer y en cambio, mucha gente desesperada por un baño.
A las 13:00 horas mi hambre era demasiada y salí en busca de algo para comer y para seguir sorprendiendo mi ingenuidad ningún almacén tenía nada ya a esa altura, lo habían comprado todo, así que seguí caminado y caminado hasta que me compre unos chocolates vicio que no era para nada lo que buscaba y por el calor que sentí me devolví al rodoviario donde encontré al Cruz del Sur que estaba estacionado delante de mi bus partiendo y supuse que mi bus (de la misma empresa) partiría, para mi sorpresa ya había partido y corrí a subirme preguntándole al chofer se van y dijo sí.
Entonces emprendimos un nuevo y lento viaje por una ruta alternativa que pasa detrás de Angol y Traiguén, donde incluso tuvimos que pasar caminando un trecho. A las 18:00 horas estaba en la entrada de Temuco y sentía un inmenso alivio, pero resultó que el puente de Cajón también había colapsado y nos desviaron por el interior de Cajón, lo que fue como en las películas el último despertar del monstruo.
No quiero terminar este relato sin dejar descrito que en el fondo durante el viaje siempre sentí un inmenso agradecimiento por como se me daban las cosas, porque no vivo en el epicentro, porque de todos los que sabía noticias estaban bien, porque me tocó un chofer muy sensato que tomó muy buenas decisiones, porque no estaba sola (como habría estado) en mi piso 19 en Santiago, porque no hubo pasajeros histéricos, porque no me dio un dolor de estómago fulminante que podría haber sido el caso, porque como nunca salí con suficiente dinero y cargador de celular y porque las aventuras involuntarias nunca están demás en las vidas de personas tranquilas como yo.
Ahora solo tengo un desazón a causa de las noticias trágicas que no dejan de llegar a mis oídos y ojos por la televisión y las emisoras radio.
Sólo espero que este desastre a la larga nos una y no sea el mayor recuerdo que tengamos la actitud indignante de algunos aprovechados, sino el cariño y ayuda que podamos entregarnos.

4 comentarios:

  1. Bea, muy lindo y emocionante tu relato,me alegro que hayas llegado bien, pero qué susto esas aventuras, siempre está la incertidumbre de qué más pasará. Disfruta con tu familia. Un abrazo María Eugenia.

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  2. Gracias por tu relato, lleno de humanidad. Abrazos...

    caro

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  3. Hola, gracias por los comentarios, estas situaciones necesito escribirlas.

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  4. Amiga...fuiste una de las primeras personas junto con la andrea en quienes pensé, te vi dando tumbos en tu depa...
    viendo como todo caía a tu alrededor, que bueno leer esto y ver que a pesar de lo terrible tuviste suerte...abrazos

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